Esmeralda y el dolor de una sociedad que está fallando desde la base

La muerte de Esmeralda a manos de su expareja, quien después se quitó la vida, no es un caso aislado; es la prueba dolorosa de que las cosas no funcionan bien. Su tragedia nos obliga a mirar de frente una realidad que como sociedad a veces queremos ignorar: el sistema de protección a las mujeres en la República Dominicana les está fallando a grandes luces. Hay una desprotección judicial evidente y una debilidad enorme en la ruta de atención. Sin embargo, el problema va más allá. Está en la falta de educación, en la falta de conciencia y en la desconexión humana total de un sistema.

Cuando se habla de la violencia de género en nuestro país, la respuesta siempre es hablar de burocracia, protocolos y de las Casas de Acogida como si fueran la solución a todo. Pero pongámonos en los zapatos de la víctima. Una mujer llena de miedo, de dudas y de terror psicológico que llega desesperada a buscar ayuda y el sistema, para “salvarla”, le pide cosas que ella aun no entiende ni está educada para ello. Por ende, la mujer se siente anulada dentro de un panorama de por sí hostil.

¿Es justo llamar “protección” a algo que le quita a la víctima su apoyo, su dignidad, su libertad y su seguridad, mientras el agresor camina libre con pistola o vaso en mano como dueño de la calle?

Es completamente natural que, al verse tan sola, desamparada o porque entra en confianza, una mujer decida en algún momento irse de esos lugares. Las Casas de Acogida, con esto no digo que no sean importantes, son necesarias, pero hoy en día no tienen un plan real que le garantice a esa mujer una seguridad total o duradera. Entonces la mujer queda en el aire, desprotegida y a merced de un hombre que, por falta de educación y conciencia también, se cree con el derecho de quitarle lo más grande que Dios le ha dado: la vida.

Lo que da más indignación ha ocurrido después de la tragedia. Cuando las cifras de muertes suben y los nombres se vuelven noticias, la respuesta de las instituciones da vergüenza. Escuchar a las autoridades justificar que no hicieron su trabajo diciendo que “la víctima no quiso ir a la Casa de Acogida” o que “ella dejó el programa”, es matarla por segunda vez. Eso es una cobardía. Es la muestra clara de que el sistema prefiere culpar a la mujer antes que admitir sus propios errores y vacios.

La solución a este monstruo que crece sin control y destruye a las familias en República Dominicana, no son los parches de última hora. El verdadero cambio empieza desde lo profundo: primero la conexión con Dios y la expansión de la consciencia, asimismo, con una educación basada en el respeto desde la escuela, y en el centro de todo, que es el hogar. Necesitamos cambiar la mentalidad de quienes reciben la denuncia, estos tienen que trabajar con sensibilidad y urgencia, no con flojera de oficina.

Y es que en toda esta tragedia hay otro cómplice que duele tanto como las fallas de un sistema, y es la indiferencia social. Mientras Esmeralda corría buscando ayuda desesperadamente para salvar su vida, se topó con la desconexión humana de una sociedad que muchas veces prefiere mirar para otro lado y elige ver desde la mirada del entretenimiento.

Es hora de ser honestos. Los líderes del país tienen que dejarse de discursos bonitos desde sus escritorios, desde escenarios y sentarse en la mesa de verdad, con presencia, con objetividad, madurez y un compromiso real con la gente, con las mujeres, con el pueblo, con la comunidad. No podemos seguir permitiendo que la rutina del papeleo y la dejadez sean los cómplices silenciosos de los feminicidios.

Salvar a nuestras mujeres exige un sistema que las apoye, las eduque, las despierte, las valore y las ayude a salir adelante conscientes y con dignidad, no un sistema que les pida desaparecer del mundo para poder seguir vivas.