unnamedRamiro Francisco

Es en los últimos capítulos del Evangelio de Juan, donde podemos leer de algunos hechos realizados por el Maestro luego de haber resucitado, y donde además conocemos de la actitud un tanto rebelde, belicosa e incrédula de uno de sus discípulos.

Con el paso del tiempo, llegamos a penas a entender, la complejidad de la naturaleza humana que sí conocía el Rabí de Galilea. De ahí, el trato compasivo y misericordioso que demuestra con aquellos que negaron conocerle y dudaron de su resurrección.

Ocho días habían pasado de que la piedra había sido removida del sepulcro y Jesús el Cristo, resucitar. La situación no estaba muy buena para los que se decían ser sus discípulos. Eran vistos con recelos. Se reunían “a puertas cerradas por miedo a los judíos”.

Quien escribe el Evangelio hace énfasis en dos ocasiones acerca de la condición de “a puertas cerradas”. Sin abrir puerta alguna, el Resucitado se presenta en la reunión y muestra a los presentes sus manos y costado. Se destaca, que uno de los discípulos de nombre Tomás, no se encontraba presente.

Ante los resplandores de los leños encendidos y que hacían las veces de lámparas, en medio del temor y la alegría de compartir nueva vez con su Maestro, se disipa un tanto el miedo y durante toda la noche conversan sobre la tarea que tendrían por delante.

El Dídimo, como también se le llamaba a Tomás se negó a creer lo que sus compañeros le contaron. El impetuoso Pedro insistía…Juan más calmado le explicaba…cada uno de los que habían estado presentes trataban de convencer al rebelde Tomás.

A veces, llegaban hasta a discusiones acaloradas. Llegaba la calma al acordarse de que fue estando cerradas las puertas que se presentó el Maestro. ¡Su cuerpo resucitado podía traspasar paredes! Pero Tomás no creía nada de eso.

Es más, aunque era tal vez un riesgo –si se toma en cuenta que Pedro, en un acto de fidelidad poco faltó para que le arrancara las dos orejas, el cuello y la vida a un adulón del Sumo Sacerdote- y que los ánimos estaban acalorados, Tomás fue más lejos en su franqueza, en su sinceridad y dijo que “si no viere en sus manos la señal de los clavos y metiere mi dedo en el lugar de los clavos y metiere mi mano en su costado, no creeré”.

Si dos de ellos tuvieron al punto de “pedir fuego del cielo” para destruir a un grupo de incrédulos, a este quisieron “comérselo vivo”. Al menos darle un par de patadas y latigazos y sacarlo del grupo, por irreverente, desconsiderado e incrédulo.

En otra reunión, donde sí estaba Tomás el Rebelde, y a puertas cerradas –lo destaca el escritor – llegó Jesús y luego de bendecirles caminó lentamente hacia el Dídimo.

En el silencio reinante se podían escuchar los latidos de los corazones presentes. ¿Cuál era el pensamiento de cada uno de ellos? ¿Qué pudo haber pensado Tomás al ver al Maestro mientras se acercaba? ¿Se acordaría de los chuchazos dados por El a varias personas en el templo?

Parecía una eternidad el tiempo transcurrido.  Ya frente al discípulo rebelde le dijo “ Pon aquí tu dedo, y mira mis manos; y acerca tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo sino creyente”

Tenía autoridad el Maestro, todos le apoyarían si le daba una buena reprimenda a Tomás. ¿Quién eres tú, quien te crees? ¡Si quieres creer, crees…sino allá tu! Si se quitaba el cinturón y le pegaba con él indicándole la puerta para que saliera… ¡los otros, le caerían a palo!

Tal era el nivel de conciencia de Tomás, que el Maestro respetó, le amó y le dio una gran lección. Al rebelde, a los otros discípulos y a nosotros también.

ramiro_francisco@yahoo.com